martes, febrero 05, 2013

párrafos


Hay gente que vemos y contamos lo que nos pasa como en un cuaderno que vas a estrenar con ilusión infantil: Abriendo la primera hoja con delicadeza... Teniendo mucho cuidado cómo lo haces para no estropear desde el principio el lomo con arrugas molestas...
Hay gente que escribimos nuestra vida en reglones marcados entre líneas imaginarias. Y pueden torcerse cuando desvariamos; pueden tener borrones porque siempre es fácil equivocarse; ser cortos como puras anécdotas o largos sin fin como si nos creyéramos ser el 'Ulises' de Joyce...

Vida en párrafos para explicarnos.

Hace unos meses, antes de que llegara el invierno, compré un cuaderno en mi papelería de cabecera de Pamplona en la Calle Comedias (mi lugar favorito de la ciudad). Pensaba escribir en él miles de ideas para un nuevo proyecto. Cosas felices. Pero lo dejé apartado en la estantería. Me obsesioné con otras cosas y sin darme cuenta empecé a escribir una historia interna en otras cuartillas que no me hacía nada bien. Y he gastado miles de líneas en contarme y recontarme bajo una idea que lo único que estaba haciendo es minarme la moral.

He escrito estos últimos meses un párrafo interminable de reproches y soledades que no van a ningún sitio. Y aunque no puedo borrarlo, porque lo escrito, escrito está, ayer me di cuenta de que va siendo hora de pasar de párrafo y comenzar de nuevo con otra historia. Retomar el cuaderno que compré en septiembre en mi calle favorita y tratar de esperar ansiosamente las últimas nevadas de este lluvioso inverno y los primeros soles de la impresionante primavera.

Nuevos párrafos, nueva vida.



martes, octubre 30, 2012

Ventanas



Es bueno asomarse a ventanas. Descorrer la cortina y abrir bien los ojos para ver lo que hay tras el cristal. Acercar la cara, ver cómo la respiración empaña el vidrio y respirar el leve frío que consigue atravesar el muro transparente que nos separa del exterior. Dejarse llevar por lo que uno ve detrás. Con todas las consecuencias.



Las vistas pueden darnos muchas pistas de cómo son las cosas. Desde ellas, podemos toparnos con un muro cercano que no nos deje ver realmente lo que está pasando a nuestro alrededor y deberíamos tirarlo de una vez por todas;  podemos ver un bello paisaje de luz con gente paseando y riendo como nuestra felicidad; o ver un horizonte de invierno gris.... Hay tantos paisajes como ventanas y personas. Infintos.

Yo tengo alguna ventana desde la que mirar. De alguna ya he hablado en este pequeño Espacio Habitable... Agujeros sobre la pared que más de una vez me han ayudado a seguir adelante cuando más lo necesitaba. De hecho, ahora mismo escribo en frente de mi ventana favorita, desde la que más veces he mirado el mundo que me rodea.

Es bueno asormarse a ventanas, sean grises o de colores vivos... sean de madera o de metal. Mirar a tu alrededor y entender lo que pasa. Para no perde la persepctiva y saber siempre que lo importante está tan dentro como fuera.


martes, julio 24, 2012

Buen camino...


Siempre me ha gustado caminar. Y eso que mis pies son bastante sensibles. Mi amiga A. me llama "ampollitas"...jeje... Pero a mí eso me da igual. Se explotan o se descansa para que bajen y ya está. Luego a caminar, a seguir dándole a los pies. Porque cuando uno anda ve el mundo: Casas, baldosas, árboles, gentes, perros, cielos azules, nubes, ruidos, sueños... y se ve a uno mismo. Sobre todo eso. A uno mismo.
Por eso me voy a caminar un rato. Unos días. Caminar en soledad. De Roncesvalles a Estella. 4 días. Me voy a hacer un pedacito del Camino de Santiago.

Hace unos años, en una tarde de otoño, una maestra de las de siempre nos contó a los pequeños que ese día tenía que cuidar porque su profesora estaba enferma una historia para pasar la última hora de clase. Nos habló de un lugar lejano, a unos 700 kilómetros de Pamplona, la 'ciudad-mundo' que para nosotros, pequeñajos de 8 años era todo lo que éramos capaces de abarcar.
"En ese lugar, unas estrellas descendieron del firmamento", contaba, "y unos pastores se acercaron al lugar para ver donde habían caído. Allí se encontraron una caja de madera con unos restos mágicos... Tan mágicos que descubrieron que era Santiago, el apóstol más viajero de los apóstoles... Y decidieron fundar una iglesia allí mismo con el nombre de Santiago de 'Campo Estrella', en honor a las estrellas que cayeron del firmamento."
Nuestros ojitos miraban asombrados la maravillosa historia contada con mimo por la maestra: "La iglesia se convirtió en ciudad. La gente iba a ver el santo sepulcro. Miles de personas caminando siguiendo la vía láctea, esa marañana de luces que se puede ver en el cielo y que llevan a Santiago. Santiago de Compostela, Santiago de Campo-Estrella"
Esa fue la primera vez que tuve referencia, al menos que recuerde del camino. Luego vinieron historias menos populares, el viajar a Roncesvalles, pintar flechas y viajar monumentos.
Y no fue hasta el verano del 2001 cuando fui a Santiago cuando tomé la decisión de que algún día haría el camino. Era emocionante ver cómo entraban los peregrinos a la Plaza del Obradoiro entre lágrimas. Y yo quería vivir eso.
Pues bien. A plazos voy a empezar a cumplir objetivos y me voy a Roncesvalles esta tarde. Con una mochila pequeña y un matojo de nervios. A seguir la flecha. A seguir caminando. Qué mejor que caminar...

martes, junio 19, 2012

Canción de París.


Hay veces que cuesta transmitir. Uno se bloquea. Un pequeño nudo de dudas tapona la garganta y las palabras no fluyen. No se sabe qué decir. Agonizas en el silencio. Y llega la frustración.
Cuando eso me pasa recurro a unos de los bienes más preciados que hay en el mundo: La música. Mi mente recorre todos los temas que he escuchado en mi vida y busca la melodia perfecta. La que me ayude a seguir adelante. Y hay veces que esa canción se convierte en un hito musical asociado a un estado de ánimo, un paisaje o una persona. Un espacio para recordar.

¿Y puede tener París una canción? Me llevé muchos temas en mi ipod como referentes. Sonó Les Champs Elysees, La Foule Sentimental, los temas de Yan Tiersen para Amélie, algo de Jacques Brel, y mi colección de pop francés... Pero dio la casualidad de que el último día, mientras visitaba La Conciergerie me viniera a la cabeza el tema definitivo. La banda sonora perfecta. Y no era en francés.

Hace unos años, en un cine de Pamplona, una conocida canción se me clavó en el corazón. Ya la tenía escuchada y bailada en bares a altas horas de la noche... Pero fue oírla en aquella fiesta absolutista para darme cuenta de lo perfecta que quedaba en la película. La joven Maria Antonietta celebrando su cumpleaños lleno de excesos como si no hubiera un mañana. Presintiendo que no va a haber un mañana... Sabiendo que no va a haber un mañana... 

Se trataba del 'Ceremony' de New Order en la película de Sophie Coppola 'Marie Antoniette'. Fiesta y derroche francés acompañada con una canción inglesa perfecta desde la primera nota. 


Varias noches me acompañó de vuelta a casa en Gijón. Me montaba en mi bicicleta, conectaba el ipod y trataba de sonreír en la oscuridad en la que vivía. Interiorizando su ritmo lacónico y serio. Ese era el espacio que ocupaba la canción. Siempre la asociaba a esa vuelta a casa, cansado lleno de reproches y nostalgias... Esa canción era Gijón hasta que llegó París. Y ahí, cambió todo.

Viendo la sala donde aguardaba su muerte la reina más famosa de Francia las primeras notas me vinieron a la cabeza rápidamente. Y ya no me la pude quitar de la cabeza. Recordaba la película, que aunque a muchos no gustó, a mi me pareció una preciosidad pop. Y empecé a sonreír. A volar con la imaginación y a recordar todo lo que había vivido en París. La lluvia, los pies cansados, el sol, los parques interminables, las gabardinas, el Sena, carreras para coger el metro, la tumba de Baudelaire, chisporroteos de la Torre Eiffel, Amélie, postales, excesos, un jardín al sol, la Victoria de Samotracia, Cezanne, Miguel Ángel y las vistas del Sacre Coeur... Todo lento y acompasado con este tema. Como en la película de Sophie Coppola... un devenir de imágenes guardadas con nostalgia de los buenos tiempos... Me iba despidiendo de París con el maravilloso sonido de la guitarra. Esa voz seria y callada de Ian Curtis me ayudaba a decir adiós. Adiós a París y al viejo recuerdo de Gijón.

Así que cuando me monté el tren conecté mi Ipod y busqué el tema. El traqueteo comenzó y miré por la ventana. Le di al play con dedo índice y sin decir una palabra escuche una vez más la canción. El tema que desde hoy me ayuda a explicar qué es para mí París. París es esta canción.


lunes, junio 04, 2012

Victoria

Siempre me han gustado los museos. Me acuerdo de lo emocionado que me sentí cuando con quince años una profesora de Geografía e Historia, Merche, nos llevó por primera vez fuera de las horas lectivas a ver el Museo de Navarra como una actividad social. Íbamos nerviosos. Como si fueramos a ver la pinacoteca más grande del mundo y era un museo de provincias coqueto y sencillo. Pero daba igual. Para nosotros era algo fundamental. Teníamos la sensación de que íbamos a descubrir alguna verdad, algo importante. Algo que nos explicara a nosotros mismos. Y bueno, quizá no fuera para tanto... pero recuerdo que al terminar nos tomamos un 'mosto' en uno de los bares de txikiteo cercano. Y ella brindo con nosotros por "un futuro lleno de arte y diversión".

Pues bien. Han pasado los años y aquel brindis, querida Merche,  nunca lo olvidé. Luego llegaron otros centros, otras experiencias artísitcas... y siempre la misma ilusión de que cuando uno entra a conocer un Museo va a abrir una parte de él desconocida. Para bien o para mal. El arte es algo más que dinero o técnica. Es sentir. O por lo menos así lo veo yo desde mi propia experiencia personal (quizá lo más valioso que cada uno podemos tener). El arte es puro sentimiento. Olvidarse de prejuicios y buscar entender las cosas por lo que nos transmiten. Y si no transmiten nada, pues asumir que para uno no es arte; pero que para otras personas puede serlo.

Por eso, cuando en Louvre me reencontré con la Victoria de Samotracia me derrumbé. Jamás he visto una obra de arte mejor expuesta. Ni 'Las Señoritas de Avignon' del MOMA, las interminables pinturas italianas de la Galería de los Uffici,  ni mi querido Modigliani, ni las preciosas Meninas en el Museo del Prado o por su puesto la agobiada Giocconda en el mismo museo francés. 
Tras una enorme escalinata de piedra forjada y sobre un pedestal de piedra espera tranquila que la visites. Subes tranquilamente la escalera mientras la luz de la estancia se transforma en serenidad y tus pasos cada vez son más ligeros. Y de pronto... allí esta esa escultura sin brazos pero con dos alas de ángel preciosas. Sin cabeza pero andando con paso firme hacia la victoria, hacia la grandeza.

Esta escultura griega fue descubierta en 1863 en la isla que le da nombre. Merche nos contó su historia en una des sus clases y sé que ella la adoraba. El pedestal de la obra de arte es la proa de un barco. Una base igual de bella que la escutlura y sin la cual, no se puede entender esta obra de arte.  Porque la Victoria de Samotracia viaja en ese pedestal desafiando al viento que mueve sus ropajes. Extendiendo sus alas... Hacia adelante... Viajando hacia el futuro sin miedo. Sin ningún tipo de miedo.


domingo, junio 03, 2012

Guías de felicidad


Las ciudades tienen sus faros. Algunos son pequeños, no tocan las alturas. Son plazas, calles empedradas, esculturas o simplemente un sentimiento común de sus ciudadanos. Otras presumen con orgullo de ellos. Y los exhiben hasta el infinito. Tocando el cielo. Que para eso son faros. Guías de ciudad.

París tiene uno de los faros más impresionantes del mundo. Junto al Trocadero en la orilla derecha del Sena, una torre de hierro saluda al visitante coqueta y altiva. La Torre Eiffel.


Mide 300 metros. Es un esqueleto con vida propia. Un esqueleto de hierro marrón y gris que tiene que soportar, después de haber sido repudiada en sus orígenes, a centenares de turistas que hacen colas infinitas para subir unos pocos minutos en su interior.
Geométricamente perfecta, uno no puede dejar de mirarla. Siempre con el cuello en alto. Como se obseva el cielo en una noche de verano estrellada. Con los ojos bien abiertos y en silencio. Soñando. Pensando en cosas felices... Así es como la conocí. No podía dejar de mirarla y admirarla. Y entendí por qué los parisinos y los franceses la adoran tanto hasta el punto de convertirla en un símbolo nacional. Porque si hay que elegir un faro de refencia en nuestras vidas, qué mejor que una torre que sólo transmite felicidad y paz.
No encontré a nadie en el Campo de Marte, el jardín que gentilmente se ofrece a la Torre como sala de visitas, que no sonriera como un niño ante la dama de hierro. Todos hablaban entre ellos, bebían vino francés en pic-nic improvisados, se daban la mano... pero cuando miraban a la Torre Eiffel el silencio se imponía y los ojos eran los únicos que hablaban.
Yo hice lo mismo. Hablé con ella. Le di las gracias por el viaje y lo que me estaba deparando. La suerte que estaba teniendo en estos últimos dos años y le prometí que, aunque tengo mis referentes,  mis anclas, ella iba a estar siempre presente cuando la tristeza quisiera volver a ocupar espacio en mi terreno. Iba a ser mi Guía de felicidad.
Cuando terminé de proponerselo, dieron las nueve en punto. Y de pronto, durante diez minutos, la bella Eiffel empezó a chisporrotear. Parecían miles de luciernagas que se habían incrustado en los tornillos que fijaban la estructura de hierro. Impresionante y sencillo. Destellos de sencilla felicidad.
Todo el mundo callaba. Miré a mi alrededor. Todos mirando el faro. Hablando con él. Buscando su guía. Su feliz guía.

viernes, mayo 25, 2012

Paraíso Infernal



En la capital francesa hay una vía por la que pasean los seres humanos buscando la felicidad. Su origen, según la mitología griega, es infernal. Pero no importa. Según los griegos era un infierno delicioso en el que las notables almas paseaban por sus terrenos sin querer volver a la vida. Entreteniéndose en cada baldosa.
Y ahora, en París, seres humanos de toda clase pisan firme el suelo sin querer marcharse en un lugar que recupera ese nombre de origen griego. Buscando algo, buscando la felicidad. Sin desear abandonar 'Les Champs Elysées'.

Porque si hay una Avenida en París, es ésta. Nadie puede resistirse a su encanto. Amplias aceras llenas de tiendas y cafés abarrotados. Y como en un infierno terrenal, en sus dos orillas puedes encontrar lo mejor y lo peor del mundo. Una anciana que ayuda a un par de turistas a encontrar una amiga perdida; un par de parisinas que no paran de ridiculizar a todos los viandantes; turistas perdidos con los ojos asombrados... y ofertas para viajar en un Ferrari descapotable por las calles de París durante 20 minutos al 'módico' precio de 300 euros.
Los Campos Eliseos siempre me recordaban al inicio del verano. A una televisión grande y sin mando a distancia en la que veía a Indurain recorrerlos allá por Julio, cuando San Fermín era un recuerdo fresco. Esa amplia avenida que va desde la Plaza de la Concorde, donde mataron a María Antonieta, hasta el Arco del Triunfo está grabada en mi retina con orgullo patrio.
Luego llegaron canciones míticas dedicadas a este rincón francés que cantaba sin parar cuando bajaba al instituto en primavera y me imaginaba comiendo un helado y paseando como si fuera un parisino más.  Por eso, cuando pisé por primera vez Les Champs Elysées la nostalgia se apoderó de mí. Y quise recorrerla rápido hasta el Arco del Triunfo sin que la tristeza infernal me robara la belleza del lugar.  Pasé rápido por tiendas de coches que parecían boutiques, bristos impresionantes, las mejores tiendas franquiciadas de la historia (Zara incluído) y un sin fin de árboles en los que reguardarse a la sombra esperando que la fina lluvia que empezaba a caer no te calara tu feliz corazón.
Y cuando estaba alcanzando la meta, cuando el Arco del Triunfo tomaba sentido, un pequeño acordeón inició aquella canción que tanto canté.

"Aux Champs-élysées, aux Champs-élysées
Au soleil, sous la pluie, a midi ou a minuit,
Il y a tout ce que vous voulez aux Champs-élysées"
 
(En los Campos Eliseos, en los Campos Eliseos,
con sol, con lluvia
a mediodía o a medianoche
hay todo que usted desea en los Campos Eliseos) 
                    

Y de pronto todo volvió la nostalgia se esfumó. Volvía a disfrutar del paseo. Miré hacia la Plaza de la Concorde y un mundo amplio y magnifico se presentaba ante mí. Lleno de grandiosidad. Grandiosidad parisina. Magnificiencia francesa. Felicidad Infernal. Todo en un mismo lugar: Les Champs Elyseés.

martes, mayo 08, 2012

Un souvenir de París



Hay sitios que te convencen en cuanto pisas su primera baldosa. No hace falta más. Debe ser algo que te entra por los pulmones y va directo a tu cerebro. Se cuela en tu percepción de las cosas, y ya puedes estar cansado, tener un mal día, andar con frío, o lleno de prejuicios que todo se transforma como si una inmensa tormenta hubiera caído y barrido lo demás.

Por eso quizá cuando el 30 de abril puse mis pies en el tren que salía de Hendaia, empezó a llover como si no hubiera un mañana. Para que cuando llegara a mi destino deseado, si quedaba algo que no me iba a gustar corriese corriente abajo por ríos y manantiales. Rápido... sin descanso. Limpiando mi alma para recibir a la ciudad que más he nombrado en mis viajes imposibles... París.

Y de pronto dejó de llover. Bruscamente. Las nubes se relajaron...

Cuando llegué a Montparnasse, la ciudad de la luz me recibió con un sol primaveral de esos que te hacen sonreir. Miraba por la ventana sorprendido y feliz. Buscaba algún referente que me dijera que era real... Que estaba en París... Y allí estaba, antes de parar, el faro de la capital francesa, la Tour Eiffel. Se veía a lo lejos. Pequeñita y coqueta.... Luego cambiaría... claro...

Y fue pisar la primera baldosa de la estación y sentir que este lugar iba a cumplir con creces mis espectativas. Mis Converse azules gastadas se fijaban al suelo parisino como si no quisieran despegarse. Y yo pensé: "Tranquilas... váis a cansaros de andar por estas calles. Quizá os arrepintáis de esto que pedís ahora..."

Porque iba a deborar París. Iba a cumplir con una apretada agenda para tratar de no dejar sin ver un sólo rincón que mi pequeña imaginación había fantaseado. Estaba en París. La ciudad del viaje maldito. En primavera. Y había que disfrutar... Pues bien... que empiece el viaje...

lunes, mayo 07, 2012

Anclajes


Lo conozco desde hace unos años. La primera vez que lo vi no me hizo gracia, me pareció el típico engreído que todo el mundo admiraba. Cuánto me equivoqué... Nunca hay que fiarse de la primera impresión. Nunca. Siempre suele ser equivocada si vas con prejuicios por delante.

La segunda vez que lo vi, en un chigre a la salida del curro, pasé a admirarle y quererle como a un hermano.

Porque siempre ha estado ahí. Siempre con su sonrisa inmensa. Sus ganas de comerse el mundo y de vivir. Y aunque pasó baches, como todos en esta vida, su mirada vuelve a ser de las más brillantes que conozco.
Mi 'hermano maño' tiene como yo un blog. Pero el suyo es mejor. No cabe discusión alguna. Se llama 'Remartini'. Con él me he alimentado de su presencia en la distancia. Él vive cerca del mar y yo regresé a mi tierra. Por eso, para saber de él y de sus cosas, además de nuestras citas telefónicas, de fin de semana, y de algún que otro eterno festival de felicidad... acudo a su blog. Y leyendo sus líneas como, río, bailo y aprendo con él.

El otro día escribió esta perla. Esta valiosa perla dedicada a su sobrina y ahijada Daniela:

-Bueno, escucha, Daniela: empieza a buscarte ya evidencias de felicidad como éstas. Te lo digo porque te quiero y como padrino tuyo que soy. También te digo que si cortas una loncha de sobao de tres o cuatro centímetros de grosor, le pones encima otra de micuit, y salpicas un poco de sal Maldon y de confitura de naranja amarga, o de una salsa sabrosa que tengas por casa, te caes de espaldas, pedazo de tosta dulce y salada la que te zampas. Pero hasta que sepas prepararla, recuerda: en el futuro necesitarás anclajes, para superar los males y sobre todo para compartirlos con la gente a la que quieras. Un libro, un bar, una receta, una marca de magdalenas: lo que sea. Pero que sea tuyo y que siempre te puedas agarrar a su realidad

El mundo se paró. Y quise tenerle cerca para darle uno de esos abrazos que se merece la gente que dice algo importante, algo que te trastoca y te hace ser vulnerable. Y me sentí afortunado. Una de las personas más afortunadas de este mundo por concer gente así.

Y no me cuesta decirlo hoy, tras un viaje maravilloso a París, un nuevo proyecto personal, una primavera que le está costando llegar y unas ganas enormes de que llegue julio para volver a Alburquerque y su felicidad; que él es uno de mis "anclajes".

De mis sencillos y necesarios "anclajes"

domingo, marzo 11, 2012

Pessoa

Hay en Lisboa un lugar bonito y silencioso. No tiene vistas al barrio de Alfhama, ni sus suelos son preciosos adoquines de piedra. Tampoco se puede ver el tranquilo fin del río Tejo (El Tajo para los de este lado de la frontera) ni saludar a los turistas que sonríen con el traqueteo del tranvía...
Es un lugar donde se respira paz. Luz y paz. Está un poco escondido. Hay que saber buscarlo... El turista poco precavido puede que pase a su lado y no se dé cuenta de lo que tiene delante. Está en Belem. En el Claustro del Convento de los Jerónimos. En una de sus cuatro paredes. Escondido. Un monolito. La tumba de Pessoa.

¡Una tumba! Si... Una tumba. Un monolito a uno de los escritores más maravillosos que ha dado ese país que tenemos al lado y que tanto ignoramos. Quizá el mejor.

"Si después de yo morir quisieran escribir mi biografía
no hay nada más sencillo.
Tiene sólo dos fechas
la de mi nacimiento y la de mi muerte.
Entre una y otra todos los días son míos."

Así se describe. Y así vivió. Siendo él suyo propio, suyo de sus cosas, de sus destinos, disfrutando humildemente de todo lo que tenía.

Ahora está enterrado allí. En ese espacio sencillo con una piedra central. Porque ese monolito tiene cuatro escritos que son cuatro verdades vitales. Y uno de ellos, firmado por uno de sus pseudónimos, me lleva acompañando años:

(Para ser grande, se entero. No borres ni exageres nada. Sé todo en cada cosa. Pon como mínimo cuanto eres en cada cosa que hagas. Así, en cada lago la luna brillará alto porque vive plena)


En mi último viaje a Portugal me "autoenvié" una postal con este poema. Le ha costado llegar... ¡Pensé que se había perdido y todo!... Pero la semana pasada mi buzón tenía reservada una sorpresa quizá para que ahora que se acerca la primavera y todos empezamos a despertar, recuerde firmemente las frases de Pessoa. Y así lo voy a hacer. Quiero ver la luna alta y feliz.


lunes, febrero 20, 2012

Viajes


El día está despejado. Una de esas atmósferas luminosas y frías que te hacen sentirte pequeñito. Intrascendente. Pero a la vez tienes la sensación de que lo que haces importa. Que todo tiene sentido.

Suena música tranquila en mi ordenador. Estoy bebiendo un té y me acabo de apretar la bufanda. Me gusta sentirme así. Me gustan estos días despejados donde las ideas están claras y los ojos no se cansan de estar abiertos. Días felices de invierno. Días de paz.



Ayer rompí veinte años de maleficio y cumplí un sueño que siempre se quebraba. Ayer destrocé mis temores y mis viejos mitos de "lugar gafado". Ayer.. por fin... Compré un billete para conocer la ciudad que siempre me espera; que más conozco sin haberla pisado; que más he recorrido en mis libros de texto de EGB... esa que siempre "nos quedará"....

Ayer compré un par de billetes para París. Y esa ciudad me espera en Mayo. Por fin. La primavera se ha adelantado. ¡Viva!

miércoles, enero 18, 2012

El país del silencio


Con cinco años aprendí a leer soñando. Las letras eran una gran familia. La pequeña 'a' jugaba con sus amigas la 'e', 'o' y 'u'. Corrían mil aventuras con 'i' y se iban de paseo por el país de las letras. Vivían con su mamá la señora 'm' y con el papa 'p'. Cerca estaban las tías 'n' y 'ñ' con las que pasaban tardes. Además, ¡Iban a la escuela y todo!... allí el profesor 'f' les daba clase y el jardinero 'j' regaba su jardín...

Y yo con los ojos bien abiertos tragaba esos garabatos e historias con ilusión. Los pintáramos en las pizarras con tizas de colores y soñábamos que nos íbamos de excursión con ellas.... A conocer por qué 'z' siempre dormía o dónde se compraba los sombreros la coqueta 't'.

Hasta que un día uno de esos sueños se cumplió: Conocimos el pequeño país de la 's'.

Con cinco añitos nos llevaron al país del silencio. Un lugar tranquilo, de casitas de varios tamaños en la ladera de un monte. Un sitio en el que estar en silencio y que la maestra (porque aquello eran maestros, grandes y amados maestros) nos pidió que pasáramos en silencio con nuestro dedito índice en la boca. ¡Qué felices éramos! paseando por esas cuatro callejuelas conociendo el país de la 's'.... Con sus jardines cuidados y su columpio de hierro.

Pasó el tiempo. Las letras imaginarias se marcharon para no volver jamás. La pequeña 'a' dejó de ser una coqueta niña para convertirse en un garabato que escribir rápido primero a mano y ahora casi siempre pulsado en el extremo izquierdo de la segunda línea de un ágil teclado de ordenador. Aquellos países se apagaron. Todos menos uno. El que conocimos en aquella excursión. Porque el país de la 's' estaba cerca de aquel colegio. En las laderas del monte San Cristóbal. Su nombre Ansoáin. Ansoáin Viejo. Qué cerca estaba... Cuántas veces lo habíamos visto y sin embargo que mágico nos pareció aquella tarde. Así es la infancia y sus cosas.

Hoy, casualmente, he vuelto a pasear por él. Y me he sonreído con la ilusión de mis cinco años. Y tras una pequeña duda vergonzosa he vuelto a recorrer esas cuatro callejuelas ahora mejor conservadas, he visto el viejo columpio desgastado y he vuelto a ponerme el índice en la boca para no molestar a la señora 's' tal y como me lo pedía mi maestra (mi gran maestra). Renovando la tradición. Pidiendo que vuelva la inocencia perdida, el país que nunca debió marcharse, ese que me hacía soñar y no parar de soñar.

domingo, enero 15, 2012

Naranja

Siempre he tenido predilección por las casas en los acantilados. Solas. Altivas o indefensas. Transmiten algo allá donde estén. Parecen personajes de esas novelas frías de invierno que tanto he leído. En fin... Siempre he querido entrar en una de ellas y mirar desde una de sus ventanas.
En Biarritz, uno de mis lugares de escapada, hay una casa que despide al sol todas las tardes de una manera explendida. Despacio, dejando paso al amarillo, al naranja entre humedad, salitre y paz.

Hace unos días regresé a este lugar para hacer revisión de todo lo que he vivido en los últimos meses. Subí las escaleras que conducen a los acantilados más inseguros y miré al horizonte siempre con la casa como referencia. Entonces empezó a atardecer como no lo hizo nunca. Se levantó un poco de viento, las pocas nubes existentes dejaron ver el sol despacio y el mar empezó a lavar las rocas con rotundidad. El sol se convirtió en una bola naranja que inundaba todo. Las tablas de madera donde estaban mis pies, mis manos, mi cara... la casa. Todo naranja... Un naranja de paz y tranquilidad.

Y no dejé un momento de mirar esa casa anaranjada que entre ola y ola se dejaba querer por el mar. Y mientras el sol se despedía cada vez más naranja me prometí volver siempre que pueda a este lugar. Solo o acompañado. Que la paz que sentí es algo que quiero vivir siempre. Por eso, estos días de inquietud busco lugares de paz como éste. Lejos o cerca. Cerca o lejos.

domingo, noviembre 06, 2011

Via Chicago...



Se me ha metido una canción en las entrañas. Si. En las entrañas. Y no sale. No se despega. Ejerce sobre mi el placer de un bálsamo intimista; y el dolor de la cruda realidad. Se mezcla todo. Ganas de llorar, ganas de reír, de gritar.... Estoy angustiado. Angustiado de belleza y dolor.

Llego a mí el jueves pasado en una de las ciudades que más adoro: San Sebastián. En uno de los más bellos auditorios que conozco: El Kursaal; y con unos amigos que son algo más que amigos, Dados.... Sentadito en mi butaca, unas leves notas entraron para quedarse. Y una vez dentro, soltaron su poder destructor con un ruido ensordecedor que te aniquila y te deja a mereced de su melodía.

En ese concierto lloré, reí, aplaudí, me encogí y agrandé como una esponja. Me reencontré conmigo mismo. Con lo que soy y quiero ser. Con cada cosa importante de mi vida. Puede parecer cursi si digo que efectivamente como me habían predicho... "iba a ser uno de los conciertos de mi vida".

¿Puede la música hacerte sentir todo aquello que no puedes expresar?

Escucha desnudo de prejuicios esta canción. Cierra los ojos. Déjate llevar por la melodía y la voz del cantante de Wilco y luego habla. Con la mirada. Con las manos, con tu voz si es que te sale... y me lo cuentas.

Yo por suerte tengo esta canción en mis entrañas. Y me alegro de que no quiera salir. La quiero para mí. Para siempre. Para cuando alguien me haga daño o me haga feliz. Para saber cuál es el camino correcto. Para volver a casa. Para volver a ser yo... Via Chicago... Via Chicago...

martes, octubre 11, 2011

Oscuridad



Ahora que empieza a oscurecer antes, que en un par de semanas tendremos una hora más de noche, yo miro al cielo frío todos los días cuando salgo tarde del trabajo. La oscuridad no me asusta. Me he acostumbrado a ella. A sus silencios. A oír mis pasos por las calles desiertas de Logroño cuando salgo del trabajo. Ahora que empieza a oscurecer antes, he decidido encender una luz nueva. Llena de ilusión.

No va a ser muy complicado. Ya me lo ha explicado mi sobrino con 'su seriedad'de cuatro años: "Te voy a enseñar algo sorprendete. Mira entre los árboles y fíjate en el punto blanco que cada noche sale. Es la lunaaaaa!" . Y cuando me espetó semejante verdad salimos los dos corriendo en su búsqueda. Como dos niños que somos. Los dos... A veces yo más que él... más de las que me imagino...
Pero como digo salimos corriendo a su búsqueda entre las calles sin miedo a la oscuridad que poco a poco se iba metiendo en los recovecos de cada acera. Y el reía en cada esquina diciéndome "¡Ahí está! ¡Que grande! Sin miedo tíoooooooooo" y yo reía y corría con él. Sin mediar palabra, solo mirando al cielo. Un cielo que cada vez me iluminaba más. Me quitaba de encima todas las cosas malas que ese día me habían oscurecido.

Y cuando llegamos a su casa me hizo prometer que al día siguiente volveríamos a buscar a la luna. Para quitarnos el miedo. Para quitarnos la oscuridad que se nos iba apoderando durante el día hasta convertirnos en noche.

El problema fue que no cumplí su promesa porque la maldita rutina no me dejó hacer aquella cosa importante que tenía que hacer al anochecer. Antes de mi anochecer habitual....

Por eso me he prometido que voy a encender una luz nueva todas las noches. Mirar a la luna aunque esté nublado o no se vea. Correr con la mente por las calles. Aprender de la oscuridad y nunca más no cumplir una promesa. Y ahora que empieza a oscurecer antes, que en un par de semanas tendremos una hora más de noche puede ser la mejor solución para impedir que lo malo nos consuma.

martes, octubre 04, 2011

semillas


Hace un año, por estos días de otoño planté una semilla que durante todo este año ha estado creciendo. Poco a poco. Con las lluvias de octubre, aquel 31 de octubre lleno de agua, fue cogiendo cuerpo. Luego llegó noviembre, las nevadas de diciembre. Frío y algo de incertidumbre... pero la semilla fue creciendo.
Y no voy a hablar de la primavera más que lo justo, que fue muy intensa y bonita. Ni de el verano eterno de sol, conciertos y pulseras... Porque el año casi ha pasado. Y ahora, sentado delante de este ordenador siento que la semilla sigue creciendo. Que le queda mucho camino por recorrer.

Por eso hace quince días, en el último fin de semana del verano, recogí en Francia una bellota que cayó a mis pies. Y tras dar gracias a que no me diera en la cabeza, seguí el consejo del padre de un amigo: "Guárdala cuidadosamente en el bolsillo pequeño de tu pantalón. De vez en cuando tócala y comprueba que se va secando lentamente. Y cuando se agriete y al moverla oigas la semilla, entonces plántala y cuidala. Verás como te da suerte."

Y aquí estoy. Plantando de nuevo. Un año después, una nueva semilla. En tierra firme. Durante estos quince días ha sido mi fiel compañera en el pantalón y ahora tiene un lugar nuevo en una maceta. Y pienso verla crecer. Esperando que me de suerte. Mucha suerte...

martes, septiembre 20, 2011

Gris

A veces me siento como en un círculo sin fin. Un círculo mágico como ese del que hablaba Ana en 'Los Amantes del Círculo Polar', una de mis películas fundamentales... Y en septiembre ese redondo toma un color. El gris. Porque me gusta mirar la belleza de lo gris. Del silencio gris. Ese color que entristece a muchos.
El gris es un color de septiembre. De cambio de estación. De chaqueta y silencio. De paseos de domingo pisando hojas. De ojos que miran pidiendo paz y descanso tras un ajetreado verano de luz y color. Ese maravilloso verano que ya pasó.
Porque este gris es necesario y vital. Aunque uno lo quiera aceptar. Te ayuda a creer en ti. A recuperarte. A situarte en un nuevo lugar que nada tiene que ver con el que dejaste con los primeros calores. Gris de otoño. Bonito gris que cada día te da más sabiduría.
Este fin de semana estuve en Francia. En Las Landas. Un lugar precioso cerca de la frontera con España. "Un lugar lleno de pinos y ¡más de 60 kilómetros de playa!", así se lo explico a todo el mundo y sonríe asombrado imaginando lo solitario y majestuoso que puede ser ese sitio. Allí descansaron mis ojos en un lago precioso. Otoñal. Silencioso.
Sus aguas están tranquilas. Ha llovido mucho y ahora solo huele a humedad y atardecer. Los patos nadan relajados y apenas un par de pájaros silban sus canciones que suenan a despedida. Y yo estaba allí. En el embarcadero más triste y bello que he visto en mi vida. Maderas gastadas pero firmes ofreciendo un horizonte de agua e incertidumbre. Dan ganas de correr y saltar.... o quizás quedarse en sus maderas. Viendo pasar el tiempo, recordando el verano feliz. Sonriendo interiormente. Como lo hacía Ana en 'Los amantes del Círculo Polar' viendo el atardecer eterno... Deseando que empiece a oler a leña, a castañas, a ropa húmeda... Que el gris venga completamente...Que venga otra estación en definitiva. Otoño.

martes, julio 05, 2011

Ya falta menos


Quedan unos días, unas horas... Pero queda. Siempre queda. Esa sensación no pasa nunca. Siempre pensando en el "ya falta menos" con eterna ilusión. San Fermín.

No se puede decir más. Pero este año viene con más ganas, quizá por que son más días los que voy a disfrutar del rojo y blanco, quizá porque esté más tranquilo... quizá porque después de años disfruto de los días previos de nervios y promesas. De quedadas, de planes, de playa sin quemarse mucho para poder ir tranquilo el día 6... Vuelvo a lo que desde hace seis años no podía hacer. Quizá esa es la nueva ilusión que me llena cada día.

Pues eso, que quedan horas para San Fermín. Ya está la ropa blanca preparada encima de la cama con la faja planchadita y el pañuelo de seda doblado y mimado. Todo el que me conoce siempre me dijo que la cara me cambia cuando pronuncio la palabra "San Fermín", que se me iluminan los ojos y pierdo la noción de lugar en el que estoy. Puede ser cierto. Pero es que San Fermín es algo más importante que una fiesta en blanco y rojo. San Fermín es una risa en unas dianas interminables; unos churros en la Mañueta tras una jornada de borrachera; unos amigos venidos de Asturias que bajan a la Plaza de Toros con chucherías y saltan de alegría; unos fuegos artificiales con abrazos cómplices; un encierro que nunca debió de correrse (Dani, no te olvidaremos jamás....); el sabor de un frito de roquefort y un zurito el 7 de julio; colocar la faja y el pañuelo a un niño de un año que se mira sorprendido y grita ¡Via Saermí!; fotos repentinas en la Calle Mayor con amigos y sobrinos; una jota que corta el aliento y te hace volar al infinito; unos gigantes que te miran y te desean suerte; amigos que recuperas por unos días; unas velas compradas a toda prisa el 14 de julio y sobre todo, un pañuelo atado por mi madre un 7 de julio con una lágrima contenida prometiendo que volvería a Pamplona. Tarde o temprano.
Pues bien. Aquí estoy. Emocionado y nervioso. Un año más. Ya grito en todas partes... "Ya falta menos"

martes, junio 14, 2011

Postales

Aquí al lado, mirando hacia abajo, dos amigos me han escrito unas letras en una preciosa tarjeta de cartón dibujada. Y digo que hay que mirar hacia abajo porque hay que atravesar la tierra, llegar al núcleo, volver a subir y emerger en Australia para ver el origen de la postal: Las antípodas.

Pequeños cangrejos... ¡Gracias por la postal! Fue una alegría tremenda abrir el buzón de la casa que os aguarda en Logroño y ver que esta vez no había una carta para vosotros sino para mí. Esta vez sí. Es para mí

Y como siempre, llegásteis en un día que necesitaba algo de sol. No tan fuerte como otras veces. Eso quedó atrás... Pero ese día me venía bien sonreír y sentirme querido. Lejos, cerca... qué más da.

Las postales son uno de los mejores inventos del mundo. Se compran con ilusión. Se escriben despacio pensando bien lo que se dice. Se garabatean todos los espacios reducidos. Se firman y se olvida que miles de ojos indiscretos puedan leer aquello que hemos contado... Y viajan. En sacas, por avión, tren, barco, bicicleta... Viajan. Que es lo mejor que puede hacer una persona. Viajar. Ver sitios, fotografíarlos, soñarlos, recordarlos y contarlos a los que nos quedamos aquí esperando el regreso, y formar así, aunque sea, parte de esos lugares con vuestras palabras.

Cangrejillos... Querría deciros muchas cosas. Que me acuerdo de vosotros todos los días. Que os trato de cuidar esto lo mejor que puedo como me cuidáis a mi con esta postal. Que ya estoy como loco pensando en San Fermín.... Y que 'A.' especialmente a ti, quiero decirte que aquel fin de semana en Gijón fue tan bonito que todavía me acuerdo y guardo como uno de los momentos por los que vale la pena seguir confiando en eso que llaman amigos. Gracias... una vez más.

miércoles, mayo 18, 2011

Buenas cosas mal dispuestas






Me senté en su sillón de la casa de la Vuelta del Castillo una tarde de febrero. Estaba algo cansado después de subir la interminable cuesta de la Universidad. Así que me relajé un momento mientras "A." iba a coger un par de cosas para ir al centro donde habíamos quedado con los demás.Ella le dio al play del Compact Disc para que mi espera fuera más 'amena'. Y empezó a sonar: Dos acordes. Silencio. Varios notas. Silencio. Leve batería. Silencio... Y ya está. Ahí cambió mi vida. Los había conocido y ya nunca más se separarían de mí. Nunca. Pasara lo que pasara. Nunca.

Luego vino la letra, "Lo malo de la vida suele ser lo mejor, pues te hace sentir como un patán. Lo bueno de la risa suele ser que al final nadie quiere reír, solo pueden llorar". Y ahí ya no lo pude evitar y me derrumbé en el sillón para reconstruirme en su mundo musical.En sus 15 trabajos que durante estos más de diez años han formado parte de mi historia. Uno tras otro. Banda sonora de mis momentos alegres y tristes. Aquella canción era la primera del disco Soidermersol. Se titulaba 'Buenas cosas mal dipuestas'. Y era La Buena Vida. Siempre La Buena Vida.

Hace un par de semanas moría en accidente de tráfico Pedro, bajista del grupo, ese chico tímido y cortante a veces que entrevisté en Gijón un par de veces, nervioso como un fan. La Buena Vida ya no es lo que era... Desde que hace unos años que Irantzu dejó el grupo su sonido se había apagado un poco. No terminaban de sacar nuevo disco, se les notaba dispersos, desmotivados... Los vi por última vez el verano pasado en Alburqueque en un concierto desconcertado que fue su última actuación hasta la fecha. Y aunque han venido sonidos nuevos y frescos a ocupar espacios en mi vida, siempre tenía un hueco para ellos. Siempre eran mi referente. Yo soy un fan de La Buena Vida.

Y estos días, en los que uno está triste por la muerte de Pedro, he vuelto a recuperar los viejos CD usados en miles de viajes a Bilbao, Madrid, Gijón, Pamplona... Y pasan por mi memoria miles de recuerdos y sensaciones. Me acuerdo de mi emoción incontenida con el tema 'Desde hoy en adelante' y sus violines infinitos... Añoro cuando gritaba en mi interior "Porque te llevo tan dentro, que hasta me olvido yo mismo de mí" y me repetía que era una de las mejores canciones que había escuchado nunca. Revivo lo que me producía la mítica 'Qué nos va a pasar' cuando la cantaba a media voz en un parque de Pamplona en más de una despedida ("Y ahora que te vas... pediré perdón y dirás que no... y estará muy bien... ya sabes por qué...") O recupero las risas veraniegas de Irantzu al escuchar mil veces que cantaran en su concierto la sencilla canción 'En Bicicleta'. Luego me entristezco al recordar la emocionante canción 'No te he visto nunca' del último disco en la que consiguieron que hasta el Orfeón Donostiarra trabajara con ellos; y paso velozmente a añorar la alegría que me producía decirle a "A." en Gijón aquello de "¡Qué guapa estás con tu vestido de hilo!" del 'Actor Mexicano'...

Y también me acuerdo de mis peleas dialécticas sobre si la voz de Irantzu era demasiado desafiante, si desafinaba, si no importaba eso o que el grupo sin Mikel y su tono grave no sería lo mismo... De las odiosas comparaciones con La Oreja de Vang Gogh y las merecidas con Belle and Sebastian... De aquel concierto en el Kursaal de San Sebastián donde conseguí una entrada cinco minutos antes de empezar en segunda fila y fui tan feliz.... Y de cómo los conocí... En aquel sillón de la Vuelta del Castillo.

Y ahora... firmemente... Suena en mi cabeza una y otra vez la estrofa más perfecta que he escuchado y que siempre me ha acompañado en todas mis decisiones.

"Con el lento paso del tiempo, todo encaja y se comprende.... y uno aprende"...
(Ventura. del disco 'Hallelujah!')


(Qué nos va a pasar, del disco 'Halellujah!')